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Los canapés caseros

Recuerdo que cuando era chica la pregunta típica era “¿Qué hacemos de cena de Navidad? ¿Y la de Año Nuevo?”, porque la idea es que las cosas ricas no se repitieran. Si bien ya sabíamos que estaríamos comiendo pavo asado toda la bendita semana –mi familia tiene una tendencia a exagerar con la comida- el patache para despedir el año debía estar también a la altura. Salía entonces el asado al horno, los locos mayo, las ensaladas veraniegas y un cuanto hay.

Con el tiempo nos dimos cuenta de que era un soberano cacho sentarse a comer cuando uno está ansioso de que no se vaya a pasar la hora, que la TV o la radio sintonicen bien para ver el conteo, que los niños no se queden dormidos antes y que cada cual tenga maletas, copa, uvas, lentejas o lo que estime conveniente en la mano para cuando den las 12.

De la cena empingorotada, al cóctel casero hubo solamente un paso, y los canapés brillaban en gloria y majestad. ¿Y qué pasó ahora? Pasó que la oferta aumentó y ya no fue tan caro mandarlos a hacer, no fue tan complejo ir a buscarlos al lugar donde nos habían recomendado y nos ahorrábamos todo el tiempo de preparación, pero junto con esto olvidamos también la linda tarea familiar que es armar en grupo nuestro cóctel de Año Nuevo.

La cadena de ensamblaje

La mesa del comedor servía de centro de operaciones y un cuchillo de sierra y un vaso de “bajativo” le daban forma a un frágil pan de molde que nos entregaba bases redondas y cuadradas. El diámetro de la torreja de salame coincidía justo con el círculo cortado de pan y ya teníamos un tipo de canapé.

Pastas preparadas de jamón, ave pimiento y huevo iban a parar de relleno de los “tapaditos”, y si eran sin cubierta, ya otro miembro de la familia había cortado lonjas de aceituna o de pimentón rojo que servirían de decoración.

La base de mayonesa al resto no se la sacaba nadie, y vamos con el desfile de palmitos, choritos de tarro, tomate con ají, espárragos y lo que se nos ocurriera.

Mis favoritos, y que siempre me robaba antes que partiera todo, camarones o langostinos. Mi mamá los ponía en un plato hondo con gotas de limón antes de montar el canapé, entonces siempre quedaba un poco de juguito que remojaba el pan de abajo y volvía todo más ácido y refrescante. ¿Cómo no me iba a robar unos cuantos?

Y así se armaba el cuento, con filas de colores de nuestros ricos canapés puestos en las bandejas para torta con blondas de papel, y ojalá sobraran hartos para el otro día en la mañana, porque cosa más buena que tomar desayuno con los “conchitos” no hay.

Recuperemos esta linda tradición, apliquémonos con cocinar en familia y verán lo entretenido que es. Y si no les gusta por lo menos pónganse a pelar los huevitos de codorniz, que harto trabajo que dan. ¡Felices fiestas!

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