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¡Llegó septiembre!

Así es, y lo gritamos a los cuatro vientos, porque el mes más atómico del universo entra en gloria y majestad de la mano del incipiente calorcito, la sacada de panties para ellas y del polerón ancho para ellos, el ánimo general de todo el mundo, las góndolas de supermercado con chicha y carbón, los pocillos de greda para hacer harto pebre, la linda esperanza del aguinaldo,  el volantín chupete de Los Halcones, los aromos en flor camino a la playa y ese olor eterno a carbón encendiéndose para dar paso al asado.

Es que cómo no amar a tamaña fecha, sobretodo cuando vemos que el calendario se tiñe de rojo por tantos días, nos cierra el ojo y nos dice: Cabros, SE VIENE. Amamos septiembre con locura y pasión, una lujuria desenfrenada que nos hace mover las patitas en el piso de tierra de la fonda al son de la cumbia, la cueca o lo que quiera.

Recuerdo los 18 de mi niñez, con asados familiares de campeonato. Un costillar preparado por mi tío sin prisa ni pausa, adobado del día anterior para hacernos la vida más linda. Las prietas chirriando sobre la parrilla para sacarlas justo antes que se rompieran. Ubre, chunchules, choripanes de longaniza de Chillán y longaniza blanca. Las banderitas de plástico colgando del parrón, la radio puesta en el patio, el jarrito con borgoña, el alargador para el secador de pelo que iniciaba el fuego, los niños corriendo y los adultos brindando.

Pocos recuerdos son tan felices como los que se tienen de una niñez bien gozada y regaloneada. Algunas costumbres con el  tiempo se van perdiendo, y quizás ya no tenemos a la abuela amasando con una botella de Cinzano para hacer las empanadas, ya no necesitamos almorzar antes que el resto porque hace rato que crecimos y no nos toca la mesa de los niños, y tampoco los caracoles del jardín con los que hacíamos carreras con los primos nos interesan tanto; pero algo sí es cierto: septiembre despierta toda esa alegría y despreocupación de antaño, cuando las cosas costaban menos y posiblemente se disfrutaban más.

Ese es mi amado septiembre, el 9 del amor, del ya nombrado calorcito y de los ciruelos en flor que caen como challas con la primera ventolera. Ahora les toca a ustedes compartir el suyo.

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