Mi perfil
Regístrate con
Facebook
- ó -
Recuperar contraseña
A_UNO_396416

Ayer fui a One Direction

Por Rocío Novoa

Los fenómenos adolescentes hace un buen rato que ya no son lo mío. Uno crece, se supone que madura y por una cosa más social que real, los gustos cambian conforme a cuán arrugados vamos estando. Lo que hace la diferencia en esta historia, es que la música, independiente de la edad de sus fans y del desprecio de esos que creen que música es eso que solamente ellos y sus amigos escuchan, me importa y me interesa experimentarla en vivo. Por eso me interesaba ir a ver al primer show que One Direction dio en el país, el mismo que repletó dos veces el Estadio Nacional.

También quería ir por las dudas obvias: ¿Cantarán?, ¿harán un show digno de una de las bandas más famosas y solicitadas del mundo?, ¿son como los Beatles pero con internet? Mil dudas tenía mientras caminaba por los alrededores del estadio y veía cómo todo se teñía de la bandera del Reino Unido, un asunto estético que me encantaba y que pensaba seriamente adoptar pensando en la cantidad de cosas que me gustan y que vienen desde ese rincón del mundo.

Con los ‘Directioners’, o los fans del grupo, no me voy a meter por una sencilla razón: hace exactamente una semana atrás yo estaba igual o peor por culpa de un coterráneo de sus ídolos: Paul McCartney.

¿Y saben? Las entiendo y las quiero defender: toda la vida, y en particular cuando somos chicos, somos súper fans. Desde los 50, pasando por la Beatlemanía, las Band Aids y todo el movimiento humano tras cualquier movimiento musical que conocemos, experimentamos y, se supone, comprendemos todo tipo de reacciones desmedidas al ídolo del momento. A todos nos pasó alguna vez, solo que no habían tantas cámaras y, si te pillaban, no salía de tu grupo de amigos… No como ahora. En vez de burlarse, hay que alegrarse! Quizás tu mism@ te llamas como te llamas por algún famoso que le gustaba a tu mamá…

Pero volvamos a lo que pasó en el Nacional. Un show de poco más de hora y media que consistió, primero, en un bloque de canciones donde los chillidos adolescentes y/o los decibeles inofensivos apenas dejaban entender que Harry, Zayn, Louis, Niall y Liam cantaban por si mismos. Puntos adicionales para Niall que además de cantar tocaba guitarra y para el simpatiquísimo Harry Styles (sí, así se llama), algo así como el Nick Carter o el Justin Timberlake(!) de los 1D.

Así avanzaba la noche, pero la tensión y la sorpresa que caracterizan a cualquier megaconcierto seguía ausente. Incluso se dieron el (anti) lujo de empezar, completamente en inglés, a responder preguntas en video a fans de varios paises, excepto de Chile. Un momento latero y mortal para mis expectativas porque las chiquillas, como no entendían las respuestas, se rompieron la garganta gritando y pidiendo la colita en vez de escuchar lo que pasaba en el escenario.

Cuando volvieron al show después de esa larga pausa donde nadie entendió nada, había muerto la flor de mi creciente fanatismo. Disfruté de las visuales, de los fuegos artificiales (lejos lo mejor de la noche) y de ese espectáculo aparte que una como fan de los Rolling Stones, de Iron Maiden, de One Direction o de lo que sea, es capaz de dar cuando ves a tu banda favorita.

Y con eso me quiero me quiero quedar. Con la felicidad de miles de chiquillas que adelantaron regalos de navidad, cumpleaños y de buenas notas en el colegio para ver a estos cabros que con 3 discos tienen al mundo a sus pies. No son una maravilla en vivo, pero algo tienen que fueron capaces de meter a casi 100 mil personas en el Estadio Nacional. Yo solamente espero que tanta devoción sea la puerta de entrada para muchos más sonidos de esa isla y así luzcan su merchandising brit por mucho más tiempo.

¿Cómo encontraste este artículo?

Débil Regular Excelente